domingo, 24 de mayo de 2026

Página 8 / 10: Las Rutas del Imperio


En el corazón de la vibrante iglesia de Antioquía, un grupo de profetas y maestros ayunaba y ministraba al Señor. En medio del silencio de la oración, una voz interna, clara y rotunda como un mandato militar, cortó la atmósfera: «Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado». Tras imponerles las manos y orar por ellos, la comunidad los despidió. El Espíritu Santo acababa de inaugurar la era de las misiones mundiales.
Guiados por este impulso divino, los dos emisarios descendieron al puerto de Seleucia y zarparon hacia la isla de Chipre. Fue en esta travesía donde Saulo comenzó a utilizar formalmente su nombre romano: Pablo. En la ciudad de Pafos, la fe chocó de frente con las fuerzas de la oscuridad. El procónsul romano, Sergio Paulo, un hombre prudente, deseaba escuchar la palabra de Dios, pero su consejero, un falso profeta y brujo judío llamado Elimas (o Barjesús), se les oponía ferozmente, intentando apartar al gobernante de la fe.
Pablo, fijando en él sus ojos con una severidad que estremeció la sala, exclamó lleno del Espíritu Santo: «¡Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia! ¿No cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor? Ahora, pues, la mano del Señor está contra ti, y quedarás ciego». Al instante, una densa niebla cayó sobre el brujo, quien andaba buscando a tientas quién lo llevara de la mano. Al ver el despliegue de poder, el procónsul creyó, maravillado de la doctrina.
De Chipre, Pablo y Bernabé navegaron hacia el Asia Menor (la actual Turquía), internándose en regiones montañosas infestadas de bandidos y caminos peligrosos. Llegaron a Antioquía de Pisidia, donde el discurso teológico de Pablo provocó tal conmoción que casi toda la ciudad se reunió el siguiente sábado para escuchar la palabra. Sin embargo, los líderes religiosos locales, llenos de celos, desataron una fuerte oposición, obligando a los misioneros a sacudir el polvo de sus pies y avanzar hacia Iconio y Listra.
En Listra, la situación pasó del extremo de la adoración pagana al intento de asesinato. Tras sanar Pablo a un hombre cojo de nacimiento, la multitud enardecida creyó que los dioses griegos habían descendido a la tierra: llamaban a Bernabé "Júpiter" y a Pablo "Mercurio", e intentaron ofrecerles sacrificios de toros y guirnaldas. Los misioneros se rasgaron las vestiduras, corriendo entre la multitud para detener la idolatría: «¡Nosotros también somos hombres semejantes a ustedes!».
Pero la corriente cambió con la rapidez de un rayo. Instigados por opositores que venían de las ciudades anteriores, la misma multitud que quería adorarlos se volvió violenta. Rodearon a Pablo, lo apedrearon con saña y, creyéndolo muerto, arrastraron su cuerpo ensangrentado fuera de los muros de la ciudad.
El silencio cayó sobre el campo. Los discípulos de Listra se acercaron con el corazón encogido y rodearon el cuerpo inerte del apóstol. Sin embargo, ante el asombro de todos, Pablo abrió los ojos, se levantó por sus propios medios y, con una resistencia sobrehumana, volvió a entrar en la ciudad. Al día siguiente, partió con Bernabé hacia Derbe, demostrando que ninguna roca ni amenaza civil podía frenar el avance de la palabra.
Tras fortalecer a las nuevas comunidades, regresaron a Antioquía para dar cuenta de cómo Dios había abierto las puertas de la fe a las naciones. Pero la paz duraría poco. Un gran debate teológico en Jerusalén estaba a punto de amenazar con fracturar la iglesia en dos, exigiendo una cumbre de líderes para salvar la unidad del movimiento global...

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