domingo, 24 de mayo de 2026

Página 5 / 10: La Tormenta y el Camino a Damasco


La muerte de Esteban fue la señal de caza. Aquel día se desató una persecución feroz que sacudió los cimientos de la comunidad en Jerusalén. Las calles, antes llenas de alegría y milagros, se convirtieron en un escenario de terror para los creyentes. Al frente de esta cruzada de exterminio estaba Saulo de Tarso, el joven y brillante fariseo. Movido por un celo fanático, Saulo iba de casa en casa, derribando puertas, arrastrando a hombres y mujeres por igual y metiéndolos en prisión.
La iglesia parecía destruida, pero en realidad se estaba expandiendo. Forzados a huir para salvar sus vidas, los discípulos se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria. Lejos de callar, llevaban el mensaje como brasas encendidas que iniciaban nuevos incendios dondequiera que caían. Felipe, otro de los siete helenistas, descendió a la ciudad de Samaria y comenzó a proclamar el mensaje con tal autoridad que los demonios huían dando gritos y los paralíticos recobraban la marcha. El gozo inundó aquella región históricamente enemistada con los judíos. La fe rompía las primeras fronteras culturales.
Mientras tanto, Saulo, insatisfecho con haber limpiado Jerusalén, respiraba aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor. Se presentó ante el sumo sacerdote y solicitó cartas oficiales para las sinagogas de Damasco, en Siria. Su plan era perfecto: cazar a los fugitivos del "Camino" en el extranjero y traerlos encadenados a Jerusalén para ser juzgados.
Con el documento de captura en el pecho y escoltado por una guardia armada, Saulo cabalgó durante días bajo el sol abrasador del desierto. El viaje estaba por terminar; las murallas de Damasco ya se dibujaban en el horizonte. Era el mediodía.
De repente, el cielo pareció rasgarse. Una luz cegadora, más intensa que el sol del desierto, cayó del firmamento como un rayo silencioso, envolviendo a Saulo y a su comitiva. Los caballos se espantaron y el fiero perseguidor fue derribado al suelo, mordiendo el polvo del camino. En medio del resplandor que le quemaba las retinas, una voz vibrante, como el trueno pero cargada de un dolor profundo, resonó directamente en su mente:
—Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
Temblando de terror en el suelo, despojado de toda su arrogancia, el fariseo logró articular una pregunta:
—¿Quién eres, Señor?
—Yo soy Jesús, a quien tú persigues —respondió la voz—. Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.
El impacto psicológico y espiritual fue devastador. Al perseguir a aquellos hombres y mujeres indefensos, Saulo se dio cuenta de que estaba combatiendo al mismísimo Dios del universo.
—Señor, ¿qué quieres que haga? —preguntó, quebrado por completo.
—Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.
Cuando la luz se disipó y los guardias, atónitos y mudos, ayudaron a Saulo a ponerse en pie, el temible perseguidor abrió los ojos, pero no vio nada. Estaba completamente ciego. El hombre que había salido de Jerusalén como un juez implacable entró a Damasco llevado de la mano, desamparado, sumido en una oscuridad física que daría paso a la luz más grande de su vida.
Durante tres días permaneció en una habitación de la calle llamada Derecha, sin ver, sin comer ni beber, esperando en el silencio un veredicto divino que cambiaría el destino del Imperio Romano. Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, un humilde discípulo llamado Ananías recibía una orden que desafiaba toda lógica humana...

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