domingo, 24 de mayo de 2026

Página 6 / 10: La Apertura del Horizonte


En las sombras de su ceguera, Saulo esperaba. Mientras tanto, el discípulo Ananías escuchó la voz del Señor en una visión, dándole una orden que helaba la sangre: «Ve a la casa de Judas, en la calle Derecha, y busca a un hombre de Tarso llamado Saulo». Ananías protestó, recordando los informes sobre la crueldad de aquel hombre, pero la respuesta divina selló la historia: «Ve, porque instrumento escogido me es este para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel».
Venciendo el miedo, Ananías entró en la habitación. Al ver al temible perseguidor indefenso y quebrado, extendió sus manos, las posó sobre sus hombros y le dijo con profunda compasión: «Hermano Saulo, el Señor Jesús me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo».
En ese instante, algo parecido a unas escamas cayó de los ojos de Saulo. La luz inundó sus pupilas y, de inmediato, recuperó la vista. Se levantó, fue bautizado y, tras comer algo, recuperó las fuerzas. El hombre que había llegado a Damasco para encadenar a los creyentes subió a las sinagogas esa misma semana, dejando a todos estupefactos al proclamar con su brillante elocuencia: «Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios». La transformación era total.
Mientras el antiguo perseguidor comenzaba su rigurosa preparación en el desierto, el apóstol Pedro se encontraba en la ciudad costera de Jope, donde la historia de la iglesia daría un vuelco sísmico. Hasta ese momento, el movimiento era exclusivamente judío, pero los planes del Espíritu eran globales.
Un mediodía, mientras oraba en la azotea de una casa frente al mar, Pedro tuvo una visión extraña: el cielo se abrió y descendió un gran lienzo lleno de toda clase de animales cuadrúpedos, reptiles y aves, muchos de ellos considerados "impuros" por la estricta ley de Moisés. Una voz del cielo le ordenó: «Levántate, Pedro, mata y come».
—¡Señor, no! —respondió Pedro de golpe—. Ninguna cosa común o inmunda he comido jamás.
La voz replicó con firmeza tres veces consecutivas:
—Lo que Dios limpió, no lo llames tú común.
Pedro despertó confundido, tratando de descifrar el enigma, cuando unos golpes en la puerta principal interrumpieron sus pensamientos. Tres hombres enviados por Cornelio —un centurión romano, un pagano devoto que temía a Dios— habían viajado desde Cesarea guiados por un ángel para buscarlo.
Al verlos, Pedro comprendió de inmediato el significado del lienzo: el mensaje de salvación ya no pertenecía a una sola nación. Dios estaba derribando el muro invisible que separaba al judío del extranjero. Al día siguiente, el apóstol de los judíos cruzó el umbral de la casa de un soldado romano, un acto prohibido por las tradiciones rabínicas, sin imaginar que el Espíritu Santo estaba listo para irrumpir en esa sala con la misma fuerza que en el aposento alto de Jerusalén...

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