La sacudida que hizo temblar los cimientos de la casa no solo llenó de valentía a la comunidad, sino que consolidó una unión perfecta. Los creyentes compartían todo con un desprendimiento radical; no había ningún necesitado entre ellos. Sin embargo, la pureza de la revolución fue puesta a prueba desde dentro. Un hombre llamado Ananías y su esposa, Safira, intentaron engañar a la comunidad vendiendo una propiedad y reteniendo en secreto parte del dinero, mientras fingían entregarlo todo para ganar prestigio.
Pedro, discerniendo la mentira por el Espíritu, confrontó a Ananías de inmediato:
—No has mentido a los hombres, sino a Dios.
Al escuchar estas palabras, Ananías cayó al suelo y expiró en el acto. Horas más tarde, su esposa Safira, ignorando lo sucedido, repitió la misma mentira y corrió la misma suerte. Un santo temor reverente se extendió por toda la ciudad. La iglesia no era un club social; era el templo vivo del Dios santo.
Al ver que ni las amenazas ni los milagros detenían el avance del movimiento, y que la administración de la comunidad crecía, los apóstoles nombraron a siete hombres de gran reputación y llenos del Espíritu para gestionar la ayuda diaria a las viudas y los necesitados. Entre ellos destacaba un joven helenista —un judío de cultura griega— de mirada limpia y palabra de fuego: Esteban.
Esteban no se limitó a organizar la asistencia social. Lleno de gracia y de poder, comenzó a realizar grandes prodigios en las calles y a debatir en las sinagogas extranjeras de Jerusalén. Su teología era revolucionaria: explicaba con una claridad asombrosa que Dios no vive en templos hechos por manos humanas y que el Templo de Jerusalén ya no era el centro exclusivo de la adoración divina. Esto enfureció a los líderes más radicales, quienes, incapaces de resistir la sabiduría con la que hablaba, pagaron a falsos testigos para acusarlo de blasfemia contra Moisés y contra Dios.
Arrastrado ante el mismísimo Sanedrín, Esteban permaneció de pie en el centro de la sala. Pero esta vez, el ambiente no era solo tenso; era sediento de sangre. Cuando los sumos sacerdotes le exigieron que respondiera a las acusaciones, todos los presentes fijaron los ojos en él. Para su asombro, el rostro del joven no mostraba miedo; resplandecía con una luz angelical.
Esteban tomó la palabra y recorrió la historia de Israel, demostrando cómo, generación tras generación, el pueblo había rechazado a los mensajeros de Dios. Al llegar al clímax de su defensa, miró fijamente a los jueces del tribunal y pronunció una acusación demoledora:
—¡Duros de cerviz e incircuncisos de corazón! Ustedes resisten siempre al Espíritu Santo; como sus padres, así también ustedes. ¿A cuál de los profetas no persiguieron sus padres? Y ahora ustedes han sido los entregadores y matadores del Justo.
Al oír esto, los miembros del Sanedrín crujieron los dientes de rabia. El juicio se rompió por completo. Pero Esteban, elevando los ojos al techo de la sala, pareció ver más allá de las piedras de Jerusalén:
—¡Veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios!
El tribunal estalló en gritos furiosos. Se taparon los oídos para no escuchar más y, como una jauría salvaje, se lanzaron en masa contra él. Lo arrastraron fuera de los muros de la ciudad, listos para ejecutar la pena de muerte por lapidación de la forma más brutal posible.
Mientras los verdugos se quitaban sus mantos para tener más libertad de movimiento al arrojar las pesadas piedras, los depositaron a los pies de un joven fariseo que observaba la escena con una fría y calculadora aprobación. Su nombre era Saulo de Tarso.
Las piedras comenzaron a llover sobre el cuerpo de Esteban, quebrando sus huesos. Sin embargo, antes de cerrar los ojos para siempre, el joven se puso de rodillas y exclamó con su último aliento: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado». Con esa oración en los labios, Esteban se convirtió en el primer mártir, cerrando sus ojos en la tierra para abrirlos en el cielo. Su muerte, lejos de apagar el fuego, esparciría las brasas por el mundo, desatando una tormenta de persecución que obligaría a los discípulos a huir de Jerusalén, llevando el mensaje hacia fronteras insospechadas...
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