La marea humana en la plaza de Jerusalén se detuvo en seco. Miles de peregrinos llegados de Partia, Media, Egipto y Roma escuchaban lo imposible: aquellos hombres rudos de Galilea les hablaban a todos en sus propias lenguas nativas, con una precisión perfecta. El aire vibraba con el desconcierto. Unos se burlaban diciendo que estaban borrachos, pero la mayoría sentía un escalofrío en la espina dorsal.
Fue entonces cuando Pedro dio un paso al frente. Ya no era el pescador asustadizo que flaqueaba ante las preguntas de una criada; su postura era la de un general antes de la batalla. Subió a una escalinata de piedra, levantó la mano y su voz tronó por encima del bullicio de la ciudad:
—¡Hombres de Judea y todos los que habitan en Jerusalén! Estos hombres no están borrachos. Lo que ven es lo que anunció el profeta: en los últimos días, derramaré mi Espíritu sobre toda carne.
Con una elocuencia que no provenía de las academias rabínicas, sino del fuego que aún ardía en su interior, Pedro desnudó la historia reciente. Acusó la complicidad de la ciudad en la ejecución del Maestro, pero elevó el tono al proclamar la victoria definitiva: la tumba estaba vacía, la muerte había sido derrotada. Las palabras del apóstol no eran un simple discurso; eran flechas cargadas de una verdad tan cortante que la multitud, en un vuelco colectivo del corazón, sintió un peso insoportable de culpa y asombro.
—¿Qué haremos? —gritaron cientos de voces, desesperadas.
—Arrepiéntanse y bautícese cada uno de ustedes —respondió Pedro, con los brazos abiertos—. Salvense de esta generación perversa.
Ese día, tres mil almas se unieron a la revolución del Espíritu. Las aguas de los estanques públicos de Jerusalén no dieron abasto para los bautismos. Nació así una comunidad sin precedentes, donde los ricos vendían sus propiedades para dar de comer a los pobres, y donde el pan se partía con una alegría limpia en cada hogar.
Pero semejante sacudida no pasó desapercibida para los hombres de túnicas finas y corazones de piedra. En lo alto del Templo, los guardias del Sanedrín observaban con los puños apretados el crecimiento de esta marea. El poder establecido no iba a tolerar un segundo desafío. Mientras Pedro y Juan se dirigían una tarde hacia la hermosa puerta del Templo, un hombre cojo de nacimiento extendía la mano pidiendo una limosna, sin saber que el milagro que estaba a punto de recibir encendería la mecha del primer gran conflicto...
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